Por: Moisés Gómez Reyna

El hambre está creciendo a un ritmo tan acelerado como no se veía en el mundo desde hace varias décadas.

La crisis económica ocasionada por la pandemia de Covid-19, los desastres relacionados con el clima y los conflictos armados, están incrementando la tasa de población desnutrida a pasos agigantados, según estudios de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

De acuerdo con el informe sobre el Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo, publicado en julio pasado, al 2020 un total de 811 millones de personas en el planeta están subalimentadas, lo que equivale a una décima parte de la población mundial. En el caso de América Latina, el hambre afecta a 60 millones de personas.

Lo más alarmante es que tan sólo de 2019 a 2020 el número de personas subalimentadas en el mundo se incrementó en 118 millones, cifra que es similar a la población actual de México.

En cuanto a la afectación por género de la inseguridad alimentaria, se observó una tasa 10% más alta entre las mujeres que entre los hombres en 2020, frente al 6% registrado en 2019.

En el caso específico de nuestro país, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), al 2020 existen 28.6 millones de personas con carencia por acceso a la alimentación, esto es 1.1 millones más que en el 2018.

Las personas con carencia por acceso a la alimentación son quienes en los últimos 3 meses tienen una alimentación con muy poca variedad de alimentos; dejaron de desayunar, comer o cenar; se quedaron sin comida; o bien comieron una vez al día o dejaron de comer todo un día.

Muchos pensarían que elevar la producción de alimentos sería la solución más lógica para combatir el hambre en nuestro país y en el mundo, pero por sorprendente que parezca, para muchos expertos eso no sería necesario.

Según el Fondo de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO), alrededor de mil 300 millones de toneladas anuales de comida producida para el consumo humano, un tercio del total, termina en la basura.

En el caso de las frutas y vegetales que se cosechan en todo el mundo, el 45% se desperdician, lo que equivale a 3 mil 700 millones de manzanas.

Lo mismo sucede con el 30% de los cereales, cantidad equivalente a 763 mil millones de cajas de pasta, y de los 263 millones de toneladas de carne que se producen mundialmente cada año, se pierde el 20%, el equivalente a 75 millones de vacas.

El organismo señala que el desperdicio ocurre en todos los procesos de producción, cultivo, procesado, distribución y consumo. Es decir, tanto los agricultores, como las compañías, los restaurantes, así como los consumidores, tienen responsabilidad en la cantidad exorbitante de comida que se pierde.

Por ello, una de las mayores acciones que se pueden realizar para combatir el hambre, sería acabar con el desperdicio.

Para lograr esto, es necesario impulsar iniciativas o regulaciones que cambien la manera en la que sus negocios manejan y controlan el desperdicio, no sólo para aprovechar más la comida, sino para evitar la contaminación que se genera a partir de los residuos.

Un ejemplo es Austin, Texas, donde se implementó una regulación que impide que los restaurantes eliminen el desperdicio de alimentos en los vertederos. Ahora los negocios deben donar alimentos no consumidos, enviar los restos a granjas para utilizarlos como abono y deben capacitar a sus empleados sobre el manejo de los residuos.

Con iniciativas así podríamos ganar todos, habría menos personas con hambre, empresas más eficientes y un medio ambiente más sano.

Twitter: @gomezreyna